Mi verdadera victoria había sido dejar de creer que amar a mi familia significaba permitirle hacerme daño.
Un mes después, mi padre me llamó.
Contesté porque quería escucharlo, no porque creyera que me debía una explicación.
Su voz sonaba más débil.
—Tu hermana está enfadada conmigo.
No dije nada.
—Los niños me preguntan por qué tuvieron que marcharse.
Miré el lago a través de la ventana.
—¿Qué les has dicho?
Hubo una pausa.
—Que cometí un error.
Era la primera vez que lo escuchaba reconocerlo.
—¿Y qué les dijiste sobre mí?
—Que la casa era tuya.
Cerré los ojos.
No era una disculpa completa. No borraba los meses de manipulación ni el dinero que había entregado confiando en él.
Pero era, al menos, una verdad.
—Papá, no quiero destruir nuestra familia —le dije—. Pero tampoco voy a seguir sosteniéndola yo sola.