Siempre creí que él confiaba plenamente en ella.
La siguiente línea destruyó aquella certeza.
«He descubierto transferencias no autorizadas desde varias sociedades familiares. Cuando confronté a Eleanor, intentó convencerme de que estaba perdiendo mis facultades mentales».
Me quedé inmóvil.
Recordé los últimos meses de vida de mi abuelo.
Mi madre insistía en que estaba confundido.
Decía que olvidaba nombres, mezclaba fechas y tomaba decisiones financieras absurdas.
Incluso había intentado impedirme visitarlo sin supervisión.
Yo le había creído.
Continué leyendo.
«Por eso he creado un fideicomiso independiente. Ni Eleanor ni sus representantes podrán disponer de sus activos. Su administración quedará protegida hasta que se cumplan las condiciones establecidas en el documento adjunto».
Abrí la segunda hoja.
Había una lista de propiedades, inversiones y participaciones empresariales.
Mis ojos se detuvieron en la cifra final.
Doscientos cuarenta millones de dólares.
Sentí que las piernas me fallaban.