PARTE 2: LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Por eso aceptaste el divorcio?

Ella asintió lentamente.

—Tenía miedo, Alexander. No sabía quién controlaba tus comunicaciones ni cuánto poder tenía tu madre sobre los abogados.

Me senté junto a ella.

—Deberías haberme buscado.

Sylvia me miró con una tristeza insoportable.

—Lo hice.

Aquellas dos palabras me rompieron.

—Te envié cartas. Intenté llamarte. Fui a tu oficina. Siempre me dijeron que no querías verme.

Cerré los ojos.

Durante siete meses había creído que Sylvia había desaparecido voluntariamente.

Ahora comenzaba a comprender que alguien había construido un muro entre nosotros.

Entonces una enfermera entró.

—Señor Montgomery, los bebés están estables. Si desean, pueden visitarlos unos minutos.

Miré a Sylvia.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Ve a conocerlos.

La unidad neonatal estaba iluminada por luces suaves.

Dos incubadoras permanecían una junto a la otra.

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