Me acerqué a ella y la abracé.
—Todo va a estar bien, cariño. Mamá está aquí.
Pero por dentro estaba aterrorizada.
Porque, de repente, recordé algo que había pasado cientos de veces en nuestra casa.
Cada vez que intentaba prepararles la cena a mis hijas, Margaret aparecía con una sonrisa y decía:
—No te preocupes, Emily. Yo ya les he preparado algo especial.
Y cuando le preguntaba qué contenía aquella comida, respondía siempre lo mismo:
—Recetas familiares. Cosas naturales que fortalecen el organismo.
Nunca me permitía ver cómo las preparaba.
Nunca.
Una hora después, mi esposo, Daniel, regresó de la cafetería del hospital.
—¿Qué ha dicho el médico? —preguntó, pálido.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono comenzó a sonar.
Era Margaret.
—Emily, ¿cómo está Sarah? —preguntó con una voz exageradamente preocupada—. Daniel me ha dicho que está en el hospital. ¡Dime que no le ha pasado nada grave!