—Dieciocho.
El rostro de Vincent perdió todo el color.
—Noah —intervine suavemente—, ¿puedes ir a buscar a la profesora Whitman? Quería felicitarte personalmente.
Mi hijo asintió.
—Claro, mamá.
Cuando se alejó, Vincent dio un paso hacia mí.
—Claire, necesito preguntarte algo.
Lo miré con frialdad.
—No aquí.
—¿Es mi hijo?
Aquellas tres palabras me atravesaron como una cuchilla.
Durante dieciocho años había imaginado aquel momento.
Había ensayado respuestas.
Había pensado en gritarle.
En llorar.
En contarle todas las noches que pasé despierta cuidando a Noah cuando tenía fiebre.
Todas las veces que tuve que elegir entre pagar el alquiler o reparar el coche.
Pero cuando finalmente llegó el momento, solamente pude responder:
—Sí, Vincent.
Él retrocedió.
Su rostro se contrajo.
—Dios mío…
—Noah es tu hijo.
Vincent se llevó una mano al pecho.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sentí que una rabia antigua despertaba dentro de mí.