Un hijo que había crecido sin él.
Cuando bajé del escenario, Noah me abrazó con fuerza.
—Mamá, ¿estás bien?
Sonreí, aunque todavía tenía las manos temblorosas.
—Estoy orgullosa de ti, cariño.
Él me observó detenidamente.
—Parecías triste cuando hablaste de papá.
Sentí una punzada en el pecho.
Durante años le había dicho a Noah que su padre no formaba parte de nuestras vidas.
Nunca le conté todos los detalles.
No quería que creciera odiando a un hombre al que jamás había conocido.
—Solo estaba recordando algunas cosas —respondí.
Noah acarició mi mano.
—No tienes que estar triste hoy. Todo esto también es tuyo.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Eres lo mejor que me ha pasado.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Claire.
Me quedé completamente inmóvil.
Conocía aquella voz.
Aunque hubieran pasado cien años, la habría reconocido.