—No voy a pedirte perdón por algo que tú has exagerado.
—Entonces no tenemos nada más que hablar esta noche.
Colgué.
Y lloré.
No porque quisiera recuperar el dinero.
No porque me arrepintiera de mis decisiones.
Lloré porque, en el fondo, todavía había una parte de mí que esperaba escuchar a mi madre decir: «Lo siento. No debimos hacerlo. ¿Cómo está Emma?».
Pero esa disculpa no llegó.
Pasaron tres semanas.
Emma volvió a la escuela, retomó sus clases de dibujo y empezó a dormir mejor. Seguimos hablando de lo ocurrido con paciencia, sin obligarla a perdonar ni a fingir que ya no le dolía.
Una noche, mientras la arropaba, me preguntó:
—Mamá, ¿vamos a volver a viajar con la abuela?
Le aparté un mechón de la frente.
—No hasta que esté segura de que puedes confiar en los adultos que te acompañan.