—¡Baja de ahí inmediatamente\! ¡No arruines la celebración de mi nieto\!
No le hice caso.
Abrí lentamente la caja blanca que sostenía entre mis manos y saqué un sobre.
—Durante diez años, tu hijo me llamó estéril —dije, dirigiéndome a mi suegra—. Me hizo sentir inútil. Me culpó por no poder darle hijos. Y tú lo apoyaste cada vez que me humillaba.
Mi voz tembló, pero continué.
—Hace seis meses, Ricardo me obligó a acudir con él a una clínica especializada. Por primera vez, aceptó hacerse unos estudios médicos completos. El resultado fue devastador para su orgullo: el médico le explicó que tenía una alteración grave que podía afectar su fertilidad.
El salón quedó en silencio.
Ricardo se puso pálido.
—¡Cállate\! —gritó—. ¡No tienes derecho a hablar de mis asuntos médicos\!
—¿No tengo derecho? Tú me humillaste delante de nuestros empleados, de tus amigos y de tu propia familia. Me acusaste de algo que nunca te molestaste en investigar.