Tuve que apartarme un momento.
Porque de pronto recordé todas las veces que le había preguntado a papá si necesitaba dinero, compañía o ayuda con las compras.
Y todas las veces que había respondido:
«Estoy bien, cariño. No te preocupes por mí».
Ahora me preguntaba cuántas veces había pronunciado aquellas palabras justo después de haber ayudado a alguien más.
A las siete, la actividad comenzó a disminuir.
La mayoría de las familias ya había recogido sus verduras. Los voluntarios de la iglesia estaban llenando la furgoneta con cajas destinadas al comedor comunitario.
El inspector se acercó a mi padre.
—Señor Lindqvist, necesito preguntarle algo más.
—Adelante.
—¿Tiene usted algún registro de las personas que reciben estas verduras? ¿O de las donaciones que realiza?
Papá frunció ligeramente el ceño.
—No de todos. Algunas personas dejan dinero para las semillas. Otras traen herramientas, fertilizante o materiales para reparar la cerca. Pero nunca he llevado una contabilidad formal de las verduras que reparto.