Nunca había mencionado a otra persona.
Nunca.
De pronto, escuché pasos acercándose a la habitación.
Me apresuré a guardar los documentos dentro del sobre, metí la libreta en la bolsa y deslicé todo debajo de la cama. Apenas tuve tiempo de levantarme y sentarme en el borde del colchón antes de que Ashton apareciera en la puerta.
—Sutton, ¿qué haces levantada tan temprano?
Su rostro parecía tranquilo, pero sus ojos recorrieron la habitación con una rapidez que no me pasó inadvertida.
—No podía dormir —respondí.
—¿Te encuentras bien?
Me costó reconocer la ternura fingida en su voz.
—Sí. Solo tengo dolor de cabeza.
Ashton se acercó y me tocó la frente.
Me estremecí involuntariamente.
Él retiró la mano.
—Estás temblando. ¿Seguro que no te pasa nada?
Lo miré.
Por primera vez en dos años, pude distinguir su rostro con suficiente claridad para reconocer sus facciones. Todavía veía todo como si hubiera una fina niebla entre nosotros, pero podía apreciar la línea de su mandíbula, sus cejas y aquella pequeña cicatriz sobre el labio que siempre había encontrado encantadora.