No podía respirar.
No podía llorar.
Solo repetía su nombre.
A la mañana siguiente fui a la fábrica. Quería saber qué había sucedido y por qué nadie me había llamado antes.
Mi padre me encontró en el estacionamiento.
Cuando me vio, me agarró del brazo y me apartó de la entrada.
—¿Qué haces aquí?
—¡Daniel ha muerto! —grité—. ¡Quiero saber qué ocurrió!
Mi padre miró a su alrededor antes de responder.
—Fue un accidente. No puedes cambiarlo.
—Él me llamó anoche. Estaba asustado. Me dijo que había descubierto algo.
Frank me sujetó con más fuerza.
—Escúchame bien. Olvida todo lo que Daniel te haya contado.
Lo miré sin reconocer al hombre que tenía delante.
—¿Por qué?
Mi padre no respondió.
Entonces comprendí que estaba ocultando algo.
Y por primera vez en mi vida, tuve miedo de él.
Dos semanas después descubrí que estaba embarazada de casi dos meses.