Alejandro permaneció serio.
—Lo que hiciste no se arregla con dos palabras.
Rodrigo asintió.
—Lo sé.
Después volvió a mirarme.
—No te pido que me perdones hoy. Pero te prometo que nunca volverá a pasar.
Lo observé durante varios segundos.
—Espero que cumplas tu palabra.
No lo abracé.
No le dije que todo estaba olvidado.
Porque el arrepentimiento verdadero no se demuestra solamente con lágrimas.
Se demuestra cambiando.
Sofía regresó al patio sosteniendo una pequeña caja de madera.
Era antigua, con las esquinas desgastadas.
—Mi abuelo me pidió que guardara esto —dijo.
Abrió la caja.
Dentro había una fotografía.
Un recorte de periódico.
Y un sobre amarillento.
Sofía me entregó primero la fotografía.
En ella aparecía don Ernesto sentado en una cama de hospital.
A su lado estaba una pequeña Sofía con la chamarra amarilla.
Debajo, escrito a mano, había una frase: