—Eras tú, tía Valeria.
Ya no pude contenerme.
Me arrodillé frente a ella y la abracé.
La misma niña que había sostenido entre mis brazos diez años atrás estaba ahora frente a mí, convertida en una adolescente.
—Sí, mi amor —susurré—. Era yo.
Sofía me abrazó con tanta fuerza que sentí cómo se rompía algo dentro de mi pecho.
Pero no era dolor.
Era una tristeza antigua que finalmente encontraba consuelo.
—Mi abuelo murió pensando que nunca volveríamos a encontrarte —sollozó.
Cerré los ojos.
—Lo siento muchísimo, Sofía.
Ella negó con la cabeza.
—No, tía. Tú no tienes que sentirlo.
Se apartó un poco para mirarme.
—Mi abuelo decía que, si algún día encontraba a la mujer que me salvó, tenía que darle algo.
Marisol levantó la cabeza.
—¿Qué cosa, hija?
Sofía se limpió las lágrimas.