Durante once años me había repetido que, sin él, yo no tendría absolutamente nada.
Y ahora, mientras nuestros dos hijos permanecían abrazados a mis piernas, aquel hombre descubría que el techo que tanto presumía nunca le había pertenecido.
—Me enteré esta mañana —respondí—. Iba a contártelo cuando llegara a casa.
La mujer del vestido rojo, que hasta entonces había permanecido callada, soltó una risa nerviosa.
—Bueno, tampoco es para tanto. Alejandro seguramente tiene otras propiedades.
Mi esposo no respondió.
Y su silencio fue suficiente para que ella comenzara a preocuparse.
—Alejandro… ¿verdad que tienes otras propiedades?
Él bajó la mirada.
Entonces el abogado dijo algo que hizo que todos nos quedáramos inmóviles.
—Señor Mendoza, hay otro asunto que debemos aclarar. La empresa donde usted trabaja también forma parte de la herencia de la señora Mariana.