—Alejandro —dije tranquilamente—, ¿estás completamente seguro de que esta mansión te pertenece?
Él frunció el ceño.
—¡Por supuesto! ¿Qué clase de pregunta estúpida es esa?
—Entonces, antes de que tu novia empiece a acomodar sus cosas en mi habitación, hay algo que ambos deberían saber.
Abrí lentamente mi bolso.
Saqué una carpeta de cuero negro que acababa de recibir del despacho de abogados de mi difunta tía.
Dentro había un documento notarial con sellos oficiales.
Alejandro miró la carpeta y dejó de sonreír.
—¿Qué es eso? —preguntó.
No respondí inmediatamente.
Extraje una hoja, la desdoblé y señalé el nombre que aparecía en la sección correspondiente a la propietaria legal del inmueble.
Su rostro perdió todo el color.
La mujer del vestido rojo se inclinó para mirar.
—Alejandro… —susurró—. ¿Por qué aparece el nombre de tu esposa ahí?
Él intentó arrebatarme el documento.