Aquella mujer llevaba puestos mis aretes de perlas.
Los mismos que mi madre me había regalado el día de mi boda.
—Esos aretes… —murmuré.
La mujer se tocó una oreja y sonrió.
—¿Te gustan? Alejandro me los regaló. Dice que a mí me lucen mucho mejor.
Mateo dio un paso al frente.
—¡No puedes hablarle así a mi mamá!
Alejandro levantó la voz.
—¡Muchacho, no te metas en asuntos de adultos!
Mi hijo retrocedió, asustado.
Lo abracé inmediatamente.
Durante unos segundos miré las maletas, los documentos del divorcio y a la mujer que se había instalado en mi hogar como si fuera suyo.
Alejandro esperaba verme llorar.
Su amante parecía disfrutar cada segundo de mi humillación.
Pero ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
Sonreí.
No porque no me doliera.
Sino porque, por primera vez en once años, comprendí exactamente con qué clase de hombre me había casado.