La misma mansión donde mi familia había vivido durante once años.
La misma casa que mi esposo siempre había asegurado que le pertenecía.
Me llamo Mariana Fernández, tengo 38 años y durante más de una década había dedicado mi vida a cuidar de mi esposo y nuestros dos hijos.
Mi marido, Alejandro Mendoza, era un empresario que siempre presumía de su dinero, sus contactos y su posición social.
Yo nunca le había dado demasiada importancia a esas cosas.
Para mí, lo más valioso era nuestra familia.
Por eso, cuando el abogado me entregó los documentos de la herencia, mi primer pensamiento fue compartir aquella bendición con mi esposo.
Imaginé su sonrisa.
Imaginé cómo abrazaría a nuestros hijos al enterarse de que jamás tendríamos que preocuparnos por el dinero.
Pero cuando nuestro automóvil entró en la elegante avenida donde se encontraba nuestra mansión, sentí que algo no estaba bien.