Sus ojos se iluminaron.
Pero continué.
—Eso no significa que vayamos a volver. Nuestro matrimonio terminó. Y necesito que respetes esa decisión.
Asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Me levanté.
Antes de salir, me llamó una última vez.
—Mariana…
Me detuve.
—¿Eres feliz?
Pensé en mis hijos.
En la fundación.
En las mujeres que estaban reconstruyendo sus vidas.
En las cartas de mi madre y mi tía.
Y en aquella casa que ya no representaba una prisión de apariencias, sino un hogar lleno de tranquilidad.
Sonreí.
—Sí, Alejandro. Por primera vez en mucho tiempo, soy verdaderamente feliz.
Y me marché.
Esa noche regresé a la mansión de Lomas de Chapultepec.
Sofía estaba haciendo su tarea en la sala.
Mateo preparaba una presentación escolar sobre las personas que admiraba.
Me acerqué para ver su trabajo.
En la pantalla de su computadora había una fotografía mía.