Y supe exactamente lo que tenía que hacer.
Seis meses después inauguramos la Fundación Lucía y Elena Fernández.
Su primer proyecto fue una residencia temporal para mujeres con hijos que necesitaban un lugar seguro donde comenzar de nuevo.
Ofrecíamos alojamiento, asesoría legal, acompañamiento psicológico, capacitación laboral y apoyo para encontrar empleo.
No era un refugio de lujo.
Era un lugar digno.
Con habitaciones limpias, un comedor cálido, una pequeña biblioteca y un jardín donde los niños podían jugar.
El día de la inauguración, Sofía cortó el listón junto a Mateo.
Habíamos invitado a las primeras familias beneficiarias.
Entre ellas estaba una mujer llamada Patricia, que había llegado con dos niñas pequeñas después de perder su vivienda.
Cuando vio su habitación, comenzó a llorar.
—Nunca pensé que alguien nos ayudaría sin pedirnos nada a cambio.