No lloraba por Alejandro.
No lloraba por mi matrimonio destruido.
Lloraba porque, después de tantos años, había encontrado una última forma de escuchar la voz de mi madre.
Tres días después asistí a la reunión extraordinaria del consejo de administración de Grupo Altamira.
Alejandro estaba sentado al fondo de la sala.
Cuando entré, se levantó inmediatamente.
—Mariana, tenemos que hablar.
Llevaba el mismo traje elegante que usaba para presumir de sus negocios.
Pero ahora parecía un hombre completamente distinto.
Tenía ojeras profundas.
Su voz había perdido aquella seguridad arrogante.
—No tenemos nada que hablar antes de la reunión —respondí.
—Por favor. Esa mujer no significaba nada.
Lo miré sorprendida.
—¿Nada? ¿Destruiste nuestra familia por alguien que no significaba nada?
—Cometí un error.
—No, Alejandro. Un error es olvidar una fecha. Tú preparaste mis maletas, humillaste a nuestros hijos y trataste de dejarnos sin hogar.