Imaginé su sonrisa.
Imaginé cómo abrazaría a nuestros hijos al enterarse de que jamás tendríamos que preocuparnos por el dinero.
Pero cuando nuestro automóvil entró en la elegante avenida donde se encontraba nuestra mansión, sentí que algo no estaba bien.
Alejandro estaba parado frente a la entrada principal.
Y no estaba solo.
A su lado había una mujer joven, vestida con un elegante vestido rojo y zapatos de diseñador.
Junto a la puerta descansaban dos maletas grandes.
Eran mis maletas.
Bajé del automóvil con mi hija Sofía, de ocho años, y mi hijo Mateo, de diez.
—Alejandro… ¿qué está pasando? —pregunté confundida.
Él me miró con una frialdad que jamás había visto en sus ojos.
—Mariana, llegaste justo a tiempo. Tenemos que hablar.
La mujer que estaba a su lado sonrió con arrogancia.
—En realidad, ya no hay mucho que hablar —interrumpió—. Será mejor que busques otro lugar donde vivir. Aquí ya no hay espacio para una mujer que no aporta ni un peso a esta casa.