Era un hombre de unos sesenta años, cabello gris y expresión amable.
Había trabajado con mi tía Elena durante más de dos décadas.
—Señora Mariana, hay cosas que debe saber antes de asistir a la reunión del consejo.
Nos sentamos en el despacho.
Ricardo abrió la primera carpeta.
Contenía documentos de propiedades, inversiones y cuentas bancarias.
—Su tía era una mujer extraordinariamente inteligente —explicó—. Construyó un patrimonio enorme, pero vivía con una sencillez que desconcertaba a muchas personas.
Sonreí.
Así era mi tía Elena.
Siempre llevaba vestidos modestos.
Nunca presumía sus joyas.
Y cuando visitaba nuestra casa, prefería sentarse en la cocina a tomar café conmigo.
Alejandro solía burlarse de ella.
Decía que era una anciana anticuada que vivía de recuerdos.
Nunca quiso acompañarme cuando iba a visitarla al hospital.
—Hay algo más —continuó Ricardo.