No tenía que escuchar que yo era una inútil por haber dejado mi trabajo para cuidar de nuestros hijos.
Sofía se quedó dormida sobre mi hombro.
Mateo me ayudó a recoger los platos.
Antes de irse a dormir, me hizo una pregunta.
—Mamá, ¿ahora somos ricos?
Sonreí tristemente.
—Tenemos dinero, cariño.
—¿Mucho?
—Más del que necesitamos.
Se quedó pensativo.
—Entonces… ¿podemos comprarle una casa a la señora que vende tamales afuera de mi escuela? La escuché decir que su techo tiene goteras.
Lo miré sorprendida.
Mi hijo acababa de recibir una noticia capaz de cambiarle la vida.
Y su primer pensamiento había sido ayudar a alguien.
Lo abracé.
—Vamos a ver cómo podemos ayudarla.
Aquella noche comprendí que mi verdadera riqueza no estaba en ninguna cuenta bancaria.
Estaba en los dos niños que dormían bajo mi techo.
A la mañana siguiente, el licenciado Ricardo Salazar llegó a mi casa con tres carpetas.