—Alejandro, tú me dijiste que eras el dueño.
Mi esposo cerró los ojos.
Y entonces comprendí que su amante también había sido engañada.
Pero todavía faltaba lo peor.
—Mamá, ¿ya podemos entrar? —preguntó Sofía con voz temblorosa.
Miré a mi pequeña hija.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Mateo intentaba parecer valiente, pero sus manos temblaban.
Aquella imagen me dolió más que cualquier traición.
Me arrodillé frente a ellos.
—Escúchenme bien, mis amores. Nadie va a quitarnos nuestro hogar. ¿Entendido?
Sofía me abrazó con fuerza.
—¿Entonces papá ya no nos quiere?
Sentí que se me rompía el alma.
¿Cómo podía explicarle a una niña de ocho años que el hombre que debía protegerla había elegido humillarnos frente a una desconocida?
—Tu papá y yo tenemos problemas que resolver —respondí suavemente—. Pero ustedes no hicieron nada malo. Y yo siempre voy a estar aquí.