Entonces sacó del bolsillo una pequeña fotografía antigua.
En ella aparecía él cuando tenía unos veinte años, de pie junto al mismo arroyo, con una sonrisa enorme y el cabello revuelto por el viento.
—Quería volver a sentirme como aquel muchacho —confesó—. Pero he comprendido que no necesito volver a ser quien era para seguir disfrutando de la vida que tengo.
Guardé aquella fotografía con cuidado.
Con el tiempo, el bosque dejó de ser un lugar de secretos y lágrimas. Volvimos muchas veces, pero siempre juntos, caminando despacio y respetando las indicaciones de sus médicos.
Mi abuelo siguió enfrentándose a su enfermedad. Hubo momentos difíciles, y no todas las cosas mejoraron como esperábamos. Pero ya no tenía que fingir que no estaba asustado.
Y yo aprendí algo que me acompañaría para siempre.
A veces, las personas que más queremos no necesitan que seamos sus salvadores. Necesitan que les permitamos ser vulnerables, que las escuchemos y que no las obliguemos a enfrentarse solas a sus miedos.