Él se acercó a ella y la abrazó.
Los dos lloraron durante varios minutos.
Yo me senté a su lado, envuelta en la toalla, y por primera vez en tres meses sentí que podía respirar con normalidad.
Aquella tarde regresamos a casa los tres juntos.
Mi madre insistió en que mi abuelo dejara de hacer ejercicios en el arroyo hasta que su médico confirmara qué actividades eran seguras para él. También decidió acompañarlo a sus próximas consultas para comprender mejor su tratamiento.
Yo dejé de ser su única compañía y, sobre todo, dejé de sentir que su vida dependía de mí.
Las semanas siguientes no fueron fáciles.
Hubo días buenos y días malos. Mi abuelo tuvo que aceptar que algunas cosas ya no podía hacerlas como antes. Aprendió a pedir ayuda y nosotros aprendimos a ofrecérsela sin tratarlo como si hubiera dejado de ser independiente.