Retrocedí.
—No tengo dinero para pagar una consulta.
Teresa me tomó suavemente del brazo.
—Cariño, nadie va a cobrarte nada.
La doctora examinó mis heridas.
Cuando vio los moretones alrededor de mi garganta, su expresión cambió.
—Necesitas una evaluación hospitalaria inmediata. Las lesiones en el cuello pueden ser peligrosas incluso cuando una persona parece encontrarse bien.
Sentí que las lágrimas regresaban.
—No quiero causar problemas.
Elena cerró su maletín.
—No estás causando problemas. Alguien te hizo daño.
Aquellas palabras fueron suficientes para hacerme llorar.
Durante años había aprendido a disculparme por todo.
Por llegar tarde.
Por estar cansada.
Por pedir un día libre para acompañar a mi madre al hospital.
Pero aquella mujer acababa de decirme que no tenía que disculparme por estar herida.
Teresa me abrazó.
—Vamos, pequeña. Yo te acompaño.
Cuando regresé de urgencias, el amanecer comenzaba a iluminar las montañas que rodeaban Boise.