Mariana palideció.
El hijo de doña Teresa estaba a punto de desaparecer el único lugar donde su madre había encontrado compañía.
Aquella noche, Mariana fue al hospital con un termo de caldo.
La anciana sonrió apenas la vio.
Alejandro observó cómo Mariana la ayudaba a comer, le acomodaba las almohadas y le hablaba de las pequeñas novedades del restaurante.
Su madre llevaba todo el día esperando aquella visita.
En el pasillo, él confesó:
—Le mandaba siete mil quinientos pesos cada mes. Creía que estaba cumpliendo como hijo.
—El dinero ayuda, señor Alejandro. Pero no puede sentarse junto a alguien cuando se siente solo.
En ese momento apareció Lorena, la prometida de Alejandro y directora de proyectos de su empresa.
Al ver a Mariana, frunció los labios.
—¿Y esta muchacha quién es?
—Una amiga de mi madre.
Lorena la examinó de pies a cabeza.