—Porque esa muchacha del mandil blanco soy yo.
Mariana se acercó.
Observó los rostros.
Y finalmente reconoció aquellos ojos.
—¿Usted trabajaba aquí?
Doña Teresa le contó la historia de Rafael, de sus domingos y de las milanesas pagadas con propinas.
Cuando terminó, Mariana tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces… usted sabía desde el principio que yo pagaba sus comidas.
—Desde el primer domingo, hijita.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
—Porque temía que dejaras de sentarte conmigo. Yo esperaba toda la semana esos cinco minutos.
Mariana regresó a su lado y la abrazó largamente.
Alejandro contempló a las dos mujeres.
Por primera vez comprendió que el amor no siempre se expresaba con grandes sacrificios.
A veces era simplemente acordarse de que alguien prefería el caldo con arroz.
Mariana aceptó estudiar la propuesta.
Durante los días siguientes revisó los contratos, preparó un presupuesto y negoció las condiciones con Alejandro.