—Ven, hijita. Antes de que se enfríe el caldo.
Mariana se acercó y abrazó cuidadosamente a la anciana.
—Me dio mucho miedo perderla.
—Todavía me quedan domingos por vivir, mi niña.
Alejandro colocó los platos sobre la mesa.
Después dejó frente a Mariana una carpeta.
—Aquí está la propuesta para que arriendes este local —explicó—. Es un contrato comercial normal, con una renta accesible y condiciones claras. Puedes revisarlo con el abogado que tú elijas.
Mariana lo miró sorprendida.
—¿Qué pasó con el hotel?
—Lo cancelé. Este edificio seguirá teniendo un restaurante. No voy a borrar la historia de mi familia para construir una recepción elegante.
Ella guardó silencio.
—También quiero pedirte perdón. Te acusé sin pruebas y permití que perdieras tu trabajo. No hay excusa para eso. Ya reconocí por escrito mi error, y estoy dispuesto a hacerlo delante de las mismas personas que escucharon mis acusaciones.