Había que cambiar.
El sábado anterior a que Mariana se marchara a Querétaro, encontró un sobre en su buzón.
Reconoció inmediatamente la letra temblorosa de doña Teresa.
Domingo. Una de la tarde. Mesa junto a la ventana. Ven una última vez, por favor.
Mariana sostuvo la carta contra su pecho.
Al día siguiente regresó a La Bugambilia.
Un letrero anunciaba que el establecimiento estaba cerrado.
Sin embargo, la puerta estaba abierta.
Adentro habían retirado casi todas las mesas.
Solo quedaba una preparada con un mantel limpio y tres platos de talavera.
Junto a la ventana estaba doña Teresa, sentada en una silla de ruedas, con su abrigo azul y su rebozo beige.
A su lado, Alejandro llevaba un mandil blanco y sostenía una charola.
—Buenas tardes, Mariana —dijo con evidente nerviosismo—. La mesa está esperando.
Mariana se quedó paralizada.
Doña Teresa extendió una mano.