Durante dos años alimenté cada domingo a una anciana que solo tenía monedas para un caldo. Un día llegó su hijo millonario y descubrí que había comprado el edificio para convertirlo en un hotel. “Mi madre nunca me habló de este lugar”, aseguró. Le mostré la mesa donde ella lo esperaba cada semana. Pero cuando leyó la carta escondida en su bolso, comprendió que estaba a punto de destruir mucho más que un restaurante.

—Pero hay algo más que necesitas saber —continuó ella.

Sacó la fotografía amarillenta que había enviado dentro del sobre.

—¿Reconoces a tu padre?

—Sí. Era muy joven.

—Tenía veinticuatro años. Trabajaba como ayudante de ingeniero en unas obras cerca de Puebla. Apenas le alcanzaba para pagar la habitación donde dormía.

La anciana acarició el rostro del muchacho retratado.

—Todos los domingos venía a este restaurante, exactamente a la una de la tarde.

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—¿A La Bugambilia?

—Sí. Yo trabajaba allí como mesera. Tenía veintidós años.

Su hijo se quedó inmóvil.

—¿Tú eras una de las muchachas de la fotografía que está colgada en la pared?

Doña Teresa asintió.

—La tercera de izquierda a derecha. La del mandil blanco y el cabello recogido.

Durante casi sesenta años, aquella fotografía había permanecido en el restaurante sin que Alejandro conociera su significado.

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