Mariana recogió su frasco, pero dejó la caja de recibos sobre la mesa.
—Quédese con eso, señor Alejandro. Quizá algún día le sirva para entender lo que significa querer a alguien sin esperar nada.
Tomó su abrigo.
—El lunes empezaré a trabajar en un restaurante de Querétaro. Necesito un empleo donde no me traten como una delincuente.
Antes de salir, señaló la mesa junto a la ventana.
—Y cuando conviertan esto en un hotel, no olvide poner una placa bonita. Aquí hubo una mujer que esperó a su hijo todos los domingos durante dos años.
Esta vez nadie intentó detenerla.
Alejandro permaneció sentado frente a los recibos.
Lorena trató de convencerlo de que Mariana estaba manipulándolos.
Pero él apenas la escuchaba.
Había gastado millones comprando edificios y negociando contratos. Sin embargo, no había sabido reconocer el valor de una persona que regalaba una comida y cinco minutos de su tiempo.