Al acercarse a la entrada de la mansión, una extraña sensación lo invadió. El lugar estaba sumido en un silencio inquietante, hasta que un grito rompió la calma.
¡Come más rápido! ¡Y ni se te ocurra contestarme!
Michael detuvo el coche y caminó en silencio junto al seto para averiguar qué estaba pasando.
Lo que vio momentos después lo dejó completamente paralizado.
Su madre estaba sentada en el frío suelo de piedra junto a una vieja caseta de perro. Vestía ropa desgastada y sucia, tenía el pelo completamente despeinado y sostenía un recipiente metálico con restos de comida. Temblaba mientras comía en silencio, evitando levantar la vista.
A tan solo unos pasos de distancia se encontraba Sofía, impecablemente vestida con un elegante vestido blanco, observando a su suegra con un desdén imposible de disimular.
—Solo te permito seguir viviendo aquí por respeto a tu hijo —dijo con voz gélida—. Pero haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que te vayas por tu propia voluntad. Tu lugar está cerca de la caseta del perro, no dentro de esta casa.