La llamada terminó.
Yo seguía procesando lo ocurrido cuando escuchamos gritos en el pasillo.
Una voz masculina exigía:
—¡Quiero ver a mi hija! ¡Tengo derecho!
Ian se levantó inmediatamente.
—Es Rodrigo.
Salimos del consultorio.
Un hombre alto, con camisa de diseñador y reloj costoso, discutía con el personal de seguridad.
Cuando vio a Ian, sonrió con desprecio.
—Mira nada más. El tío millonario.
Ian se interpuso.
—No te acerques a Lucía sin autorización.
Rodrigo me observó.
—¿Y esta quién es? ¿La esposa nueva?
—Soy Valeria —respondí.
Su sonrisa se ensanchó.
—Ah, claro. La novia que no sabía que su marido tenía una hija escondida.
Sentí que la sangre me hervía.
—Lucía no es un secreto vergonzoso. Es una niña que merece ser protegida.
Rodrigo soltó una carcajada.
—No te metas en asuntos familiares.
Me acerqué un paso.