Cuando me vio, colgó.
—¿Quién es el padre biológico? —pregunté.
Ian palideció.
—¿Quién te lo dijo?
—Eso no importa. Quiero saber qué está pasando.
Me explicó que se llamaba Rodrigo Ferrer.
Era un empresario de Guadalajara que había mantenido una relación breve con Camila.
Cuando ella quedó embarazada, Rodrigo negó la paternidad y desapareció.
Durante seis años no aportó dinero, no visitó a Lucía y nunca preguntó por ella.
Pero tres semanas antes de nuestra boda, Rodrigo había reaparecido.
Había sabido que Ian era propietario de una empresa tecnológica valorada en varios millones de pesos.
Ahora aseguraba querer recuperar a su hija.
—¿Por qué precisamente ahora? —pregunté.
Ian apretó la mandíbula.
—Porque cree que puede conseguir dinero a cambio de desaparecer otra vez.
Sentí asco.
—¿Te pidió dinero?
—Diez millones de pesos.
No podía creerlo.
—¿Diez millones?
—A cambio de no iniciar una disputa por la custodia y de no intentar impedir decisiones médicas sobre Lucía.