En tres meses, quince niñeras fueron despedidas de la casa del multimillonario, porque sus trillizos de cinco años convertían la vida del servicio en una auténtica pesadilla.

Oliver se cruzó de brazos.

—Todas las demás gritaban.

Mary lo miró con atención.

—¿Y qué pasaba cuando gritaban?

—Nosotros gritábamos más fuerte —respondió Lucas, como si estuviera explicando una regla muy sencilla.

—¿Y después?

—Papá despedía a la niñera.

Daniel sintió un golpe en el estómago.

Aquella conversación estaba revelando algo que él había preferido no mirar de frente.

Durante meses, había tratado el comportamiento de sus hijos como un problema de disciplina. Cada vez que una niñera renunciaba, contrataba a otra, aumentaba el sueldo y volvía a encerrarse en su oficina.

Nunca se había preguntado qué aprendían los niños de aquel ciclo.

Mary se inclinó un poco hacia los pequeños.

—¿Saben qué pienso?

Los tres negaron con la cabeza.

—Creo que ustedes se han convertido en expertos en conseguir que los adultos se marchen.

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