—Bueno, muchachos. Parece que ustedes son los jefes de esta casa.
Los tres sonrieron, convencidos de que habían ganado.
—¡Claro que sí! —respondió Lucas.
Mary asintió.
—Entonces deben de tener un problema muy grande.
Los niños dejaron de sonreír.
—¿Qué problema? —preguntó Oliver.
—Si ustedes son los jefes, ¿por qué parecen tan enfadados todo el tiempo?
El silencio cayó sobre el vestíbulo.
Daniel levantó lentamente la cabeza.
Hacía meses que ningún adulto les hablaba a sus hijos de aquella manera.
No los acusaba. No intentaba comprarlos. No les prometía recompensas.
Simplemente les había hecho una pregunta.
Lucas frunció el ceño.
—No estamos enfadados.
Mary señaló el coche que tenía en las manos.
—Entonces, ¿por qué intentaste golpearme?
—Porque queríamos que te fueras.
—Eso ya lo sé. Pero todavía no me has dicho por qué.
El niño abrió la boca y volvió a cerrarla.