Organizó su agenda para desayunar con sus hijos y cenar con ellos la mayoría de las noches. Aprendió a reconocer cuándo necesitaban atención y cuándo necesitaban límites. Buscó ayuda profesional para acompañarlos en el duelo y también recibió orientación para aprender a ejercer una paternidad más presente.
Los trillizos siguieron teniendo días difíciles.
A veces discutían. Otras veces se enfadaban y rompían alguna regla. Pero poco a poco aprendieron a expresar sus sentimientos con palabras, a pedir ayuda y a comprender que estar tristes no les daba derecho a lastimar a los demás.
Mary continuó trabajando con la familia.
No porque tuviera poderes especiales ni porque pudiera resolverlo todo por sí sola, sino porque había establecido desde el principio algo que las quince niñeras anteriores no habían logrado construir: una relación basada en la confianza y los límites claros.