Parte 2: El legado de Eleanor, la confesión en la oficina y el verdadero valor de un corazón humano.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste, Clara? —pregunté con una voz tan baja que apenas parecía mía—. Mis hombres te dejaron entrar. Mi casa estuvo en tus manos. Tuviste innumerables oportunidades. ¿Por qué?

Clara bajó lentamente las manos.

Sus ojos húmedos se encontraron con los míos. No había en ellos ni una pizca de miedo hacia el hombre al que toda la ciudad temía. Solo había un dolor profundo, antiguo y terriblemente humano.

—Porque, durante mi primer mes aquí, te vi sentado en el suelo junto a la cama de tu madre, cuando los médicos se marchaban —respondió suavemente—. Le tomabas la mano en silencio, intentando ocultar tu debilidad para que nadie pudiera verla.

Hizo una pausa y se secó una lágrima.

—Vi a una mujer agonizando por culpa del cáncer, encerrada en una jaula dorada, rodeada de aparatos costosos y tecnología de última generación, pero completamente sola. Una mujer cuyos hijos podían pagar cualquier tratamiento del mundo, pero que no siempre tenían tiempo para escucharla hablar de sus miedos.

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