Me senté junto a ella y tomé su mano.
Sus dedos estaban fríos y frágiles.
—Quiero pedirte algo.
—Lo que quieras, mamá.
Me miró con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.
—No conviertas esta casa otra vez en una prisión. No permitas que el dinero, el orgullo y el miedo te roben lo poco que has conseguido recuperar.
Tragué saliva.
—Te lo prometo.
Mi madre esbozó una sonrisa débil.
—Y cuida de Clara. No porque se lo debas a su padre, ni porque quieras compensar los pecados de nuestra familia. Cuídala porque ella te ha demostrado que todavía eres capaz de ser algo más que el hombre que todos temen.
No pude responder.
Me limité a besar su frente y a permanecer junto a ella hasta que se quedó dormida.
Una fría noche de enero, mientras una ventisca azotaba Boston y la leña crepitaba alegremente en la chimenea, mi madre se marchó en silencio mientras dormía.