Dante había despertado.
Y lo había hecho precisamente cuando su hija hablaba de algo que supuestamente no existía.
La mano del hombre comenzó a relajarse.
Sophie miró sus dedos.
Anna permaneció atenta a cada movimiento.
En su mente se mezclaban las órdenes de la casa y la necesidad de proteger a su hija.
No sabía qué debía decir primero.
Pedir disculpas.
Explicar que Sophie no había querido molestarlo.
O admitir que la niña había observado algo cuya forma todavía no lograba comprender.
Lo único seguro era que el descubrimiento había sido accidental.
Sophie no había entrado en aquella biblioteca buscando secretos.
Había acompañado a su madre.
Había llevado un libro para colorear.
Y había visto algo extraño mientras un hombre dormía.
Pero los secretos, cuando existen, no siempre son descubiertos por quienes saben buscarlos.