Era una escena aparentemente insignificante.
Una niña curiosa.
Una madre asustada.
Un hombre despertado inesperadamente.
Pero para Dante aquella tarde podía significar algo más.
Durante tres años había aceptado que su salud nunca volvería a ser como antes.
Había aprendido a vivir con el dolor.
Había soportado la frustración de no recordar siempre lo que necesitaba.
Y había confiado en quienes aseguraban conocer las razones de aquellos síntomas.
Ahora una niña estaba diciendo que había visto algo diferente.
No una cicatriz irregular.
No una simple marca de la explosión.
Una pequeña forma ovalada.
Casi plateada.
Con algo que ella describió como patas.
Dante sabía que una observación infantil no podía sustituir una explicación médica.
Tampoco tenía motivos suficientes para concluir que existía algo deliberadamente oculto bajo su piel.