Había algo profundamente extraño en aquella escena.
El hombre al que los adultos más temían estaba frente a una niña que no entendía por qué debía temerle.
Y la niña estaba convencida de haber encontrado algo importante.
Anna quiso explicar que Sophie era demasiado pequeña para comprender las heridas.
Que los niños podían imaginar formas donde no existían.
Que probablemente había confundido una cicatriz con un insecto.
Pero no había escuchado todavía lo que Dante quería decir.
Y no sabía si intentar desacreditar a su hija empeoraría las cosas.
La lluvia continuó golpeando los ventanales.
El libro de cuentas permanecía torcido sobre el pecho del jefe mafioso.
El paño de Anna seguía en el suelo.
A pocos pasos, el libro para colorear de Sophie había quedado abierto sobre la alfombra.