Aquella noche no éramos dos personas obligadas a formar una familia por un secreto doloroso.
Éramos dos personas que, después de equivocarse, sufrir y empezar de nuevo, habían decidido caminar juntas.
Y cuando Yuanci me abrió la puerta del coche, me guiñó un ojo y preguntó:
—Señorita Xiao He, ¿me concedería el honor de cenar conmigo?
Sonreí.
—Depende. ¿Piensa besarme al despedirnos?
Se inclinó hacia mí, con esa mirada profunda que me había enamorado años atrás.
—Solo si usted quiere.
Lo tomé de la corbata y lo acerqué un poquito más.
—Entonces tendrás que besarme dos veces.
Y, por primera vez desde que lo conoció, Cheng Yuanci no retrocedió.