PARTE 2: EL USB QUE CAMBIÓ LA CUSTODIA

—Me equivoqué.

—Sí.

—Quiero arreglarlo.

Lo miré durante varios segundos.

—Entonces empieza por no mentirles nunca más.

Él asintió.

Un año después, nuestra vida era diferente.

No teníamos la casa enorme.

No teníamos el coche de lujo.

Yo había vuelto a trabajar.

Noah y Liam compartían una habitación pequeña y discutían constantemente sobre quién tenía más espacio.

Era una vida sencilla.

Pero era nuestra.

Una noche, Noah me preguntó:

—Mamá, ¿te arrepientes de haber perdido la casa?

Sonreí.

—No.

—¿Y el coche?

—Tampoco.

Liam levantó la cabeza.

—Entonces, ¿qué ganaste?

Los miré a ambos.

—A ustedes.

Noah sonrió.

—Pero ya nos tenías.

Lo abracé.

—Ahora los tengo sin miedo.

Y eso era diferente.

Guardé aquel pequeño USB en una caja.

No porque quisiera recordar el día más doloroso de nuestro divorcio.

Lo guardé porque representaba algo que nunca olvidaría.

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