Davlat me tomó la mano.
—No se trata de regalarte nada, hija. Se trata de devolverte la verdad que te robaron.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
Era Saif.
Había escuchado parte de nuestra conversación desde el pasillo.
Su rostro había perdido todo rastro de arrogancia.
—Abuela… ¿es cierto lo que acabo de oír?
Davlat lo miró con severidad.
—Entra, Saif. Y cierra la puerta.
Él obedeció.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el heredero de una familia poderosa. Parecía un hombre que acababa de descubrir que toda su vida estaba construida sobre una mentira.
—Malak… yo no sabía nada de esto.
Lo miré directamente a los ojos.
—No necesitabas conocer la historia de mi padre para saber que no tenías derecho a humillarme.
Saif bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—Me derramaron vino encima delante de doscientas personas. Te reíste de mí. Me ofreciste matrimonio como si yo fuera un objeto con el que podías entretener a tus invitados.