El inmueble seguía existiendo.
Durante años había sido utilizado por una empresa vinculada a la familia Manshawi.
El abogado me explicó que tendría que iniciar un procedimiento para recuperar mis derechos sobre la propiedad, pero que los documentos constituían una prueba importante.
Me senté en el sofá y abracé la caja contra mi pecho.
Por primera vez, no estaba llorando por lo que había perdido.
Estaba llorando por la posibilidad de recuperar algo que creía desaparecido para siempre.
Seis meses después, regresé al antiguo edificio.
La fachada estaba deteriorada y el letrero apenas podía leerse. Sin embargo, al entrar, reconocí el suelo de madera donde mi padre me había enseñado a bailar.
Pasé la mano por una de las paredes.
Podía imaginarlo allí, marcando el ritmo con los dedos y diciéndome que el tango no consistía en dominar a la pareja, sino en aprender a escucharla.