Pedí un descanso para revisar mis notas a solas. Al salir, descubrí que el leve temblor de mis manos no se debía al café. Rehice cálculos, comparé tablas y volví a las mismas conclusiones incompatibles con mi experiencia. Tenía 54 años, once procesos de beatificación revisados a las espaldas y ningún antecedente de confusión metafísica. Los datos no retrocedían hacia ninguna explicación cómoda; se quedaban allí, como piedras imposibles sobre mi escritorio interior.
El precio de la honestidad
Regresé y completé el procedimiento porque el hábito profesional funciona incluso cuando el mundo tiembla debajo. Cada medición final confirmó que no estaba ante una rareza aislada. No hablé de milagros ni pronuncié la palabra incorruptibilidad ante la comisión. Lo que dije fue mucho peor para mi propia estabilidad:
—Necesito rehacer completamente el informe preliminar, porque el primero ya no me parece intelectualmente honesto.