A medida que avanzaba la mañana, la lógica comenzó a resbalárseme entre los dedos. Las características de ciertos tejidos no seguían el patrón de degradación habitual para el tiempo y el entorno del entierro. No es que aquello gritara “milagro” —la ciencia seria no grita—, pero sí susurraba una resistencia estadística imposible de asimilar con tranquilidad.
Las hojas de mi protocolo seguían sobre la mesa: perfectas, numeradas, exhaustivas. Y, sin embargo, ningún apartado ofrecía una casilla digna para lo que estaba ocurriendo en esa sala. Cuando algo no cabe en el formulario, el forense no inventa mística; redobla la verificación hasta destruir la anomalía o quedar destruido por ella.
Yo intenté destruirla mediante el método, la repetición y una terquedad casi arrogante. Pero ocurrió lo peor: mi distancia interior falló. Al mirar el rostro del muchacho exhumado, por primera vez en décadas de oficio, no vi solo materia sometida al tiempo. Vi una pregunta mirándome de vuelta.